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Encuentro entre una alemana y la espiritualidad andina

 

El lugar también sirve de mirador para los transeúntes

Olga Yegorova* / La Paz

Domingo en El Alto, a unos metros de la feria de la 16 de Julio, a unos 10.000 kilómetros en línea recta de mi país de origen, Alemania. Aquí estoy, como fotógrafa para Página Siete.

Me encuentro en una de esas situaciones tan normales de esta metrópolis, y todavía tan surreales para mí: abajo veo autos en su camino a la feria. En el horizonte se pinta la silueta de La Paz en colores difuminados por la niebla y el esmog, coronada por las cumbres nevadas del Illimani. Por encima siento cómo el sol pega en mi nuca sin ninguna piedad; a mi izquierda, un pasaje de casitas verdes con letreros que prometen: lee en coca, une parejas, cura enfermedades, ceremonias para la salud, suerte, negocio, estudio, dinero, limpieza espiritual. Grandes ambiciones.

Entro a la “oficina” de Cirilo Cruz, el secretario general de los amautas. Ahí encuentro una dualidad enorme. Por un lado, una televisión de pantalla plana, parlantes, y sin olvidar la Coca Cola. Por otro lado,  las paredes cubiertas por la bandera indígena Wiphala, velas, un altar y la opción más saludable y originaria para no dormirse, un montón de hojas de coca. Una simbiosis de espiritualidad y materialismo. Como el amauta nos explica, la hoja andina es la planta más sagrada de la comunidad y sirve para cualquier ceremonia e incluso para leer la suerte.

Me da curiosidad cómo lo que yo uso como reemplazante del café o contra el sorojchi puede predecirme  el camino de mi vida. Por lo tanto, al finalizar nuestra entrevista, le pregunto al amauta si me puede leer la coca y me contesta: “Hoy no, hoy es domingo”. Aparentemente la espiritualidad, tal como los seres humanos, demanda un día de descanso. “Voy a volver”, me digo mentalmente.

Martes en El Alto, fuera de la locura de la feria 16 de Julio, camino hacia los puestitos pintados en color verde. Esta vez me doy cuenta   que las únicas personas que vienen a visitar los amautas son bolivianos, cholitas, indígenas.

¿Por qué no vienen extranjeros a ver los amautas?, pregunto a la señora de al lado, una vendedora de jugos de papaya. “Es que los extranjeros no entienden”. Tal vez por esa misma razón la gente con la cual me pongo a hablar alrededor de los puestos sólo me da un vistazo y señalan con su lenguaje corporal que me vaya a otro lado, a hablar con otra gente. Porque soy gringa, no entiendo.

Sigo adelante para satisfacer mi curiosidad del otro día. Cirilo Cruz está ocupado, así que paso hacia los siguientes puestos hasta que me atrapa la sonrisa sabia de Cecilia, con la cual empiezo a charlar. Como el español no es la lengua materna -de ninguna de las dos-, nos cuesta comunicarnos.

En su cuartito no encuentro ni tele, ni Wiphala, pero sí tanto la coca como la cola. Le pregunto cómo llegó a ser amauta. “A mis ocho años mis vecinos me pegaron, me patearon. Y sin saber qué hacía, les embrujé. Toditos se enfermaron”, relata la cholita. Al final me lee la suerte.

Como no tengo deseos específicos, Cecilia tira las hojas de coca bajo oraciones en aymara e interpreta su constelación al respecto de mi salud, mi trabajo y mis estudios. Mi suerte, la dejo en secreto. Pero al preguntarle si los amautas trabajan también los domingos, me contesta: “Todos los días, no hay descanso en eso”.

* Olga Yegorova es periodista de la Deutsche Welle Akademie en la Fundación Para el Periodismo.

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